Adolfo Marchena

(Vitoria-Gasteiz, 1967). Poeta y narrador. Trabajó en diversos programas de radio. Dirigió las revistas Amilamia y Factorum y el fanzine Odalina. Autor de libros como Proteo: El yo posible, En mi barrio no hay Quijotes o Sin cielo bajo los tejados. Ha sido incluido en diversas antologías (Sin embargo, Relatario, Voces del Extremo, Lírica Vasca-Ecuatoriana, etc.). Sus textos aparecen en revistas electrónicas y de papel: Cuadernos del Matemático, Turia, Río Arga, El coloquio de los perros, Letralia, Vuela Palabra, El Mono Gramático o Mimeógrafo. Traducido parcialmente a tres lenguas. Prologó el libro Cadáveres exquisitos y un poema de amor, de Leopoldo María Panero y José Luis Pasarín Aristi, entre otros, así como un estudio titulado Poesía de la emancipación, tierra de barbecho, sobre el libro de poesía de Alfonso Pascal Ros con el título Principio de Pascal. Incluido dentro de Poetas, antología universal, coordinada por el editor Fernando Sabido Sánchez. También colabora con artículos, reseñas o entrevistas en publicaciones tanto nacionales como latinoamericanas.

Ahora que me habitas

Una obra cargada de sensibilidad donde el autor, consciente del tránsito final de todo ser humano, desnuda la palabra para confesar, a pecho descubierto, todo aquello que no se dijo y ahora habita las páginas de este libro.


Entrevista al autor

—¿Cómo y cuándo empezaste a escribir?

—No recuerdo la edad exacta; tal vez 10 años, no más. En aquellos tiempos de transición, se hicieron muy populares las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía (también las de Corín Tellado). Con esta influencia temprana, mi primera creación fue una novela del oeste —o eso pensé entonces— que surgió de la imaginación de un niño siempre inquieto. Pero, cuando realmente comencé a escribir (o fui consciente de ello) aconteció en el verano, después de terminar el curso de 7º de la E.G.B. En aquel verano, escribí mi primer poema, entonces influenciado por Jorge Manrique y su verso de pie quebrado.

—¿Qué géneros literarios escribes y por qué?

—En estos momentos, mi creación abarca el género narrativo y el lírico, si bien, en mis inicios, toqué —muy de refilón— el género dramático. Primero llegó la poesía, aunque enseguida comprendí que debía explorar otros territorios, como el relato o la novela. Y me siento cómodo en cada una de sus vertientes. El motivo radica en que, cada idea, requiere de un formato determinado. El porqué, depende de muchos factores, como el ritmo en la poesía o la necesidad de manejar varios personajes, por ejemplo, en un relato o una novela. Oscar Wilde dijo que: «No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo». A lo que añado que sólo falta encontrar el cómo. Por otra parte, esa inquietud que me acompaña desde niño, hace que siempre esté a la búsqueda y la experimentación con las formas.

Y, desde hace cinco o seis años, escribo artículos, prólogos, reseñas o entrevistas.

—Explica a los lectores qué van a encontrar en tu libro.

—Al respecto, Ángela Mallén ha sabido reflejarlo muy bien en el prólogo. Transcribo la frase donde dice: «Este poemario es una elegía a la vez que una profunda reflexión, un recorrido por las edades y la enfermedad». Ahora que me habitas es un homenaje a mi padre; un hablarle y hablarme (muy cerca del susurro). Y este diálogo interno con el padre es lo que se va a encontrar el lector. Un diálogo con él, para él y hacia él. De modo que el dolor no es tan fiero como esa extensión más grande que su herida de Miguel Hernández, cuando le escribe a Ramón Sijé (con quien tanto quería). Ahora que me habitas es un proceso necesario, una promesa que se cumple y es comprender, por mi parte que, como digo en uno de los poemas, yo también habité su cuerpo.

—¿Qué es lo que más te ha costado escribir durante tu proyección como escritor/a?

—El lector/a puede pensar y, con razón, que ha sido este libro, por su carga emocional. Pero no ha sucedido así. De hecho, en la catarsis que se produjo durante su escritura, no fui consciente del dolor ni el llanto. Fue después, cuando concluyó el tránsito, que me di cuenta. Y entonces sí, entonces, tras la primera lectura, me brotó el llanto y la certeza de la pérdida.

En términos generales, puedo afirmar que cuando escribo no encuentro dificultades y, de existir, un buen tachón (todavía escribo con bolígrafo) lo soluciona. Es, al corregir, cuando surgen las dificultades. Al menos, en mi caso. Escribir, para mí, es dejarse llevar; corregir, sin embargo es ordenar y quitar todas esas malas hierbas que no hemos detectado durante el proceso creativo. De hecho existen, y son importantes, los correctores profesionales. Dicen que un autor nunca será un buen corrector para sí mismo, y estoy de acuerdo.

—Si tuvieras que elegir un poema de tu creación. ¿Cuál elegirías?

Es complicado. Pero me ciño a este libro y, sin duda alguna, me decanto por el último, cuyo título homónimo es Ahora que me habitas. Y no porque sea el que concluye el libro. Con este poema siento, de alguna manera, la voz o la presencia de mi padre (lo que se quiera) que viene para advertirme que ya está, que ya he cumplido mi promesa y es hora de cerrar capítulo. De no suceder así, todavía seguiría escribiéndole poemas.

—¿Quiénes son tus referentes literarios? ¿Crees que influyen en tu forma de escribir?

—Muchos, muchísimos. Y, por supuesto, influyeron y seguirán influyendo en mi obra. Soy (por lo menos yo) heredero de todas esas lecturas que me han acompañado y me seguirán acompañando a lo largo de la vida. Si hablo de mis inicios como escritor no puedo olvidarme de Marcel Proust o Hemingway en narrativa o Baudelaire, Bukowski, Apollinaire o Paul Eluard en poesía. Pero antes hubo muchos otros y también después: Jhon Steinbeck, William Faulkner, Jhon Fante, Sylvia Plath, Gloria Fuertes, Delibes... Generaciones como la Beat o la Generación Perdida o, en España, la Generación del 98 o la Generación del 27. Respecto a algunos prejuicios y ciertos elitismos, considero que esas listas que se elaboran con los mejores cien mejores libros de la literatura, por ejemplo, no conducen a nada. Cada cual tiene su lista y esa es realmente la verdadera, aunque no incluyas el Ulises de James Joyce o Cien años de soledad, de García Márquez, por poner de ejemplo, a pesar de ser dos grandísimas novelas. La literatura no necesita que le impongan carteles publicitarios o se destile en alambiques.

—¿Cuál es el primer libro que recuerdas haber leído que te haya marcado y por qué?

—Que sea consciente: La Jerusalén Libertada, de Torcuato Tasso, un libro ilustrado editado por Bruguera. No difiere mucho en el tiempo respecto a la escritura de aquella novela (del oeste) que ya he mencionado, y que escribí con 10 años. Recuerdo perfectamente la habitación de aquel piso donde entonces vivíamos y que yo compartía con mi hermano. Y también la recuerdo porque, cuando concluí su lectura, sentí curiosidad por el autor. Incluso interrogue a una de mis tías sobre el asunto. Desde entonces, no separo al autor de su obra. De hecho, con aquellos autores o autoras que más me seducen, digamos, siento la necesidad de investigar e indagar en sus biografías. Algo que me ayuda a comprender aún más, la obra.

—¿Tienes alguna anécdota curiosa del proceso de escribir para compartir con nosotros? ¿Cuál?

—Más que anécdotas tal vez se trate de manías, costumbres o rutinas que he adquirido. No he dejado de escribir con bolígrafo y siempre con el mismo «modelo». Tengo tres en esta mesa donde ahora tecleo y otro en la mesilla. Utilizo cuadernos cuadriculados de cuartilla y espiral. El ordenador sólo lo utilizo para pasar los textos y, posteriormente, corregirlos. Y así todo, como escribir por las noches acompañado por la música de jazz o disponer las piezas como en un tablero de ajedrez. De vez en cuando, también me habita la nostalgia y me acerco a una cafetería que me pilla cerca y allí escribo o tomo apuntes. Algo que era habitual en mí en la década de los 90, en el desaparecido Café Caruso, un referente cultural en la ciudad.

—¿Qué esperas de la publicación de tu obra con Ediciones Passer?

Tan sólo que todo fluya como hasta ahora. Con calma y quietud. La creación requiere de mucho trabajo y, en mi opinión, afirmo que la literatura es un camino solitario. Cuando comienzas no sucede, pero según avanzas y adquieres experiencia, al menos en mi caso, me refugio y pretendo —cada vez más— esa soledad que funciona como  antídoto contra cualquier adversidad. Sin llegar, eso sí, al extremo de Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Aunque nunca se sabe… Y, por supuesto, espero que el lector/a encuentre con la lectura de estos versos, todas esas sensaciones que me habitaron durante el proceso de su escritura. Y si en algún momento los sienten suyos; algo habré logrado.

—¿Estás trabajando en algún proyecto o tienes alguno nuevo en mente?

—A parte de mis colaboraciones habituales en revistas digitales, siempre tengo algún proyecto pendiente o proyectos abandonados que en ocasiones retomo o, por el contrario, abandono. Esta mañana, de regreso a casa, he tenido otra «genial ocurrencia». Me suele suceder cuando espero el ascensor. Para estas ocasiones tengo un cuaderno propio, donde anoto todas esas ideas que, espero, sigan acumulándose, aunque jamás pueda cumplir con tanto proyecto. En definitiva, mi prioridad es continuar escribiendo (y leyendo) y seguir aprendiendo cada día. Como dijo Anatole France, también pienso que: «Si el camino es hermoso, no preguntemos a dónde conduce».